G u n g - H o ! ! !

 




    Gung – Ho!!!(  ¡¡¡ Todos a Una!!!):


       ¡I n m e r s i ó n!

 

 

 

 

                                                                            “Come On Down, Come On Down

                                                                              from your heavenly palace

                                                                              to the earthly ground”

                                                                              ( The Blow Monkeys)

 

    La superficie del pantano era un espejo. A su alrededor no se movía una brizna de aire. Una jornada  idílica. Si no fuera por el callado pánico reflejado en el rostro de Mari Carmen. Aún la exasperaba más  esa gratificante sensación de picnic, de asueto tradicional en un domingo cualquiera. No podía creerlo.

    Todo empezó hacía un mes. Aquella tarde Juan, su marido, se había marchado a saludar a un antiguo compañero farero, que como él, se quedó sin trabajo en el tiempo en que se automatizaron las balizas, fanales de puerto y los propios faros y torres portuarias. Pero eran de los que en el interior de su alma conservaban un marinero misántropo coleccionista de soledades.

    Su amigo vino desde Ibiza, y para la ocasión, quiso agasajar a Juan con una exclusiva botella de Frígola “Hierbas Ibicencas”. Éste es un elixir como quedan pocos, con ínfulas de pócima, bebida espirituosa de extractos de desconocido herbario cuya composición sólo conocían los isleños de esa parte de Las Pitiusas.

    No hay nada como un rendez-vous entre viejos amigos. Casimiro se había alojado en el Hostal Norte en la calle Nuestra Señora de Gracia y allá acudió Juan para rememorar tiempos de leyenda . Hablaron de cuando se conocieron estudiando en la vetusta Academia Fener en Madrid, que les preparaban para El Cuerpo de Fareros del Estado, y de sus respectivos “padrinos” en las ciudades desde donde cada uno venía: Juan de Palma de Mallorca, auspiciado por el Señor Pere Bonet, último vestigio superviviente de una casta de marineros de tierra a cuyo cargo estuvo durante cuarenta años, el faro de la ciudad de Palma, el segundo más antiguo de España. Casimiro por su parte, procedía de la pintoresca Isla de Planesia, vástago de una de las pocas familias de pescadores que desde la repoblación de la ínsula tras reconquistarla de los piratas berberiscos, habían residido desde esos ancestros allí. A su vez, era el protegido del subteniente de la Guardia Civil  Jefe de la guarnición destinada en el Fuerte medieval del centro de la pequeña isla , en acoso del contrabando que operaba en las bellísimas calas.

    Entre chascarrillo y chanza, libaban con prosopopeya y ceremonia en la habitación del Hostal el exquisito “Frígola” referido. Hablaron también del presente muy de pasada, pues aunque ambos se ganaban bien la vida- Juan restaurando campanas de la mayoría de las iglesias góticas de Valencia y Casimiro regentaba una Casa  Rural en San Antonio- añoraban su verdadera vocación que estaba donde la luz de los fanales, el proceloso mar.

    Terciaba a esas alturas la botella medio vacía y sus efectos se hacían notar con suavidad. Empezaron a reírse  de las cucarachas que danzaban por la ruinosa habitación, y les dio por pensar que celebraban carreritas entre ellas. La verdad es que El Hostal “Norte” era un lugar  no sólo inseguro, además no cumplía con los requisitos sanitarios de La Generalidad. El calor resultaba sofocante por la falta de respiraderos, pero el par de amigos, tenía costumbres perversas y estrambóticas heredadas de tantísimo aislamiento de la vida en los faros que chirriaban con las de las restantes personas normales con trabajos más introducidos en la sociedad. Les gustaba conocer los lugares en la linde de La Realidad, los emplazamientos poco frecuentados que atraían a la gente lumpen y bohemia, y procuraban descubrir en ellos los misterios telúricos que con exclusividad permanecían agazapados para los más osados.

    Justo en el momento en que ambos se empezaban a sentir chinches, gusarapos en su propio bebedizo o cucarachas, y casi a entablar amistad con esos insectos, acabaron la botella de hierbas ibicencas y se despidieron con un trémulo apretón de manos, yendo “cada mochuelo a su olivo”, es decir, Casimiro se quedó discutiendo con los élitros sobre la posibilidad de erigir un gigantesco fanal en plena Gran Vía Fernando El Católico cuyo único combustible fueran luciérnagas  y Juan enfiló a su casa satisfecho y sublime.

    Al llegar resumió en pocas frases a su mujer el estado actual de Casimiro y le transmitió los respetos de éste. Tras eso, cenaron con dulzura y marcharon a dormir, no sin antes poner algo de música, costumbre de la que disfrutaba el matrimonio; en aquel momento se trataba de una antigua cinta de “The Blow Monkeys” y su mujer cayó en brazos de Morfeo a los primeros compases. Sin embargo Juan, que aún permanecía bastante emocionado, duró hasta la mitad quedándose dormido escuchando “Come On Down “, aquellas simpáticas parrafadas, canturreadas sibilinas y enigmáticas:

                               “Come On Down, Come On Down

                                 from your heavenly palace

                                 to the earthly ground “

    Traducido de la lengua de La Pérfida Albión, significa algo así como…”¡Vamos Abajo, desde tu palacio celestial al suelo terrenal…!”

    En mitad de la noche abrió los ojos. Tenía frío sentado sobre uno de los bancos de piedra enfrente de su portal, no era para menos: Por toda ropa, iba en calzoncillos y descalzo. Un Policía Nacional de rondín le miraba y hacía preguntas, pero él lo apreciaba todo a cámara lenta desconcertado. Poco a poco su situación precaria de desvalimiento y parco abrigo, le hizo retornar de forma gradual.

    El agente de la ley le interrogaba sobre su situación, qué se creía que estaba haciendo de esa guisa y en horas de conticinio en mitad de la calle. Juan sólo recordaba estar durmiendo mecido por el aliento de su esposa, mientras la música, muy bajito, ambientaba la habitación. El “ritornello” de la canción, contumaz se asentaba en sus sueños; parecía un consejo pícaro……subliminar…”Come On Down..”, una vez y otra, letanía imprecisa  y sugerente. Luego de repente, estaba cerca del portal de su casa, intentando convencer entre balbuceos a un honrado Policía de que no era un tipo que estaba “chalupa”. Por otro lado, supo que no tenía las llaves de su hogar, las había dejado puestas por dentro, tras haber echado la doble vuelta de seguridad cuando regresó de la tarde de conciliábulo con su antiguo camarada ¿ Y cómo pues, Voto a Caifás, se escurrió desde el tercer piso por otro lugar que no fuera la puerta? Así que, sacudiéndose el sobrecogimiento y el grave pasmo, se dirigió resuelto al fonoporta y tocó varias veces hasta que respondió su mujer asustada.

    -¿¿Quién es??

    -……cariño, soy yo, abre por favor

    -¡Juan!

    -Abre, abre cariño-exclamó perentorio, por ver si el policía le dejaba ir.

    Un instante  después se oyó un chirrido y la puerta cedió. El Policía Nacional lo dio por bueno, aunque receloso, y le dejó marchar.

    Al llegar a la puerta de su casa, su mujer le sintió y en ese momento abrió por dentro con la llave ¡No pudo en verdad escapar por ahí! Mari Carmen le preguntó que dónde había estado y le recriminó el susto puesto en el cuerpo al ver que no estaba  a su lado. Y qué truco utilizó-propio de sonámbulos y él no lo era-que no eran horas para escapismo y prestidigitación. Juntos recorrieron el piso y comprobaron que se hallaba cerrado “a cal y canto”, era materialmente imposible la fuga. Pero ante tanta intriga, Juan buscaba volver a conciliar el sueño cuanto antes y relegar las preocupaciones hasta el día siguiente, porfiando que las cosas fueran de otro color y él no razonaría obnubilado.

    Al día siguiente le despertó Mari Carmen al filo de las diez y media  de la mañana con una buena taza de cacao caliente y merengue y tostadas con aceite y sal y ajo.

    Resulta que ni  ella se percató de que algo andaba mal y que Juan se levantaba del tálamo y se iba, ni él supo aclarar nada. De aquel día en adelante, sus vidas cambiaron; Él se mostraba siempre taciturno y alelado, con la mirada perdida en un punto más allá de las miradas y por primera vez desde que se casaron, sugirió vender el pisito y mudarse a una planta baja; su mujer no ganaba para sustos, con anomalías como la de una noche en que Juan se mostraba desvelado y le dijo que le excusara pues marchaba a dar un paseo. Al alba cuando despertó aún no había regresado. Nerviosa, esperó un poco hasta que le llegó la hora de ir al trabajo, y cuando bajó al garaje a por el coche, cual no sería su sorpresa  al encontrar a su marido durmiendo entre una pila de neumáticos y restos de tuberías y cables sobrantes de las reparaciones de la finca. Por toda aclaración, dijo que no llegó a pasear , que sintió la manía de dormir de esa forma.

    Las semanas siguientes, él que siempre acudía a su lugar de trabajo con el gremio de campaneros de Santa Lucía, o bien al “Miguelete”, o los jueves a la capilla de la Santa en la calle Hospital, dando un largo paseo, empezó a usar “El Metro” porque decía que le agradaban las cotas subterráneas.

    Una obsesión le dominaba: El contacto con la tierra y el alejamiento de las  elevaciones. Huía hacia El Interior de las cosas por decirlo de alguna manera, desde luego un comportamiento lipemaníaco  muy simbólico, porque daba la sensación de que deseaba bucear en sí mismo, su rutina era la de una persona en descenso a una ignota parcela en la introversión e intimidad de su mente.

    No obstante, exceptuando la cualidad de rareza exagerada, no afectaba ni a su trabajo -aunque dejó de frecuentar “El Miguelete”-ni a su amor matrimonial, si bien su esposa se encontraba sumida en un lógico estupor que intentaba suplir siendo caritativa y paciente. Pero como todo tiene un límite, por prevenir, decidió acudir en secreto a una amiga alienista que tenía su consulta en El Barrio del Pilar para recabar algún consejo.

    Así puso en conocimiento  de la especialista la tribulación frenálgica en que estaba embarcado su marido,  y ésta  le recomendó que se escaparan un día  de excursión a La Sierra, pues podría deberse todo a la exagerada permanencia en la ciudad, apresados entre asfalto y hormigón.

    Aquel domingo madrugaron y a bordo del coche errabundos, “burla burlando” alcanzaron Losa del Obispo sin planes, y hete aquí que por un despiste tomaron la carretera de Chulilla y más allá. Atravesaron aquellos preciosos macizos y desfiladeros y cruzaron La Baronía, dejaron atrás el desvío del Balneario y prendieron la sinuosa carretera que asciende a las estribaciones de las montañas que luego se precipitan a pico hasta Sot de Chera. En el momento en que más alto estaban, Juan empezó a sentir agonía. Fue el primer indicio de que no iban las cosas por su curso. Mas fue pasajero, pues conforme discurría  la  angosta carreteruela por las profundidades del valle, remitía la angustia. Al  subir las cumbres pasado Sot de Chera y enfilando a los hermosos parques geológicos naturales de Chera ,  reprodujo el episodio de mareo y desequilibrio y tuvieron que desviarse con rapidez por el primer desvío que hallaron, el cual resultó ser más bien un camino asfaltado que conducía al pantano de Buseo, encastrado en el fondo de unas montañas asilvestradas y despobladas.

    Dejaron el vehículo en un meandro de la carretera y continuaron a pie con una mochila cargada de viandas, a través del abrupto territorio y alcanzaron una agradable playa de arena y limo delicado en un recodo del pantano, alejado de todas las miradas.

Ambos se sentaron satisfechos cogidos de la mano observando la superficie aquietada del agua elongarse hasta el centro del pantano, y lejos al otro lado  apreciaban difuminados los contornos de los pinos de las vecinas montañas. El espectáculo era idílico y sedante, el color de la superficie parecía reverberar y embriagar todo con su magia. No se escuchaba nada en las cercanías, ni tan siquiera el canto de los pájaros. El aroma de las hierbas montunas era denso, rayando lo narcotizante.

    Juan sonreía calmado, mirando al centro del agua. Mari Carmen se levantó y le dijo que regresaba al coche porque se habían olvidado el agua –precisamente- y que de paso volvería con su navaja albaceteña para cortar un poquito de romero para casa.

    Cuando la mujer iba por los senderos  que circundaban ese pequeño escondite campestre, escuchó ruido en la arena y unos pasos leves. Se volvió y observó a su marido levantado de espaldas a ella situado en la orilla justo del pantano. De súbito, echó a andar como un autómata por dentro del agua mansa, y en un instante ya le cubría más arriba de las rodillas. Mari Carmen empezó a chillar:

    -“¡¡¿¿Qué haces??!!  ¡Sal  cariño, ven afuera!”-  y empezó a desandar los pasos hacia él , bajando con precipitación los veriles hasta la ribera del pantano con ademán crispado y lleno de espanto.

    Pero Juan estaba marchando indefectiblemente y el agua le alcanzó los hombros. Daba la impresión de que se introdujera con cera en aquel remanso de agua pacífica, apenas si provocaba ondas de sigiloso que era su transitar y no volvía la vista atrás ante los requerimientos de su mujer;  asemejaba  un Golem en busca de su destino.

    La desesperación de su mujer era espantosa viendo que no llegaba  y prorrumpió en sollozos llamándole por última vez. Al momento siguiente, vio desaparecer su cabeza bajo las aguas.

    Cuando logró la cota de la orilla,  quedó escrutando pánfila y temiendo algo indefinible y ominoso. No se veían ni burbujas, todo era paz en el agua hipnótica y maravillosa y ella…..miraba….examinando con los ojos todo el paisaje, que había  mutado en un Edén surrealista…¡¡Ni rastro!! El  centro de la tierra  lo había tragado, engullido por arte de bilibirloque .

    Permaneció atenazada en esa playita rural propia de las églogas garcilasianas. Y cuando al fin reaccionó, se introdujo en el agua vestida, como lo hiciera su marido, y vio estupefacta por todos los etéreos contornos del pantano, cómo un montón de figuras humanas ectoplasmáticas y casi traslúcidas que por generación espontánea surgían en los ribazos, se dirigían al centro del pantano musitando una especie de mantra de dos únicas sílabas cobrando fuerza tal extraño cántico por todo el paraje, hasta que por ensalmo se mimetizaron con el color de las aguas desapareciendo.

    Retrocedió con celeridad y presa de miedo cerval  a la búsqueda desesperada del lugar donde dejaran el coche; tras lograrlo arrancó y salió envuelta en peligro por los nervios carretera arriba.

    La recogió horas después una pareja de motoristas de La Guardia Civil de Tráfico del destacamento de Requena, en un arcén próximo a la localidad de Chera, dormida por el llanto y el pánico. Cuando explicó lo sucedido en el cuartelillo, se puso en marcha un dispositivo especial con Buzos de rescate que duró dos semanas, al cabo de las cuales la declaración oficial fue : “Desaparecido” ( Batieron palmo a palmo todos los intersticios del pantano)

    Con el tiempo Mari Carmen cumplió la última voluntad de su marido: Vendió el pisito y adquirió una planta baja cerca de la iglesia de Santa María en Patraix. No se acostumbró nunca a digerir el trauma de cancamacola. ( no contó a las claras los detalles del suceso a las autoridades como es lógico), pero halló medidas alternativas: Duerme siempre con música de la vieja cinta de cassete, y sólo a veces desciende ¿En Sueños? A Un Pago de Fantasía en donde se cita con su marido, y éste la aborda  así: “Cariño ¿Cuándo te decides a venir conmigo?¡Te Espero…!”











Comentarios

  1. Yo creo Casimiro "algo" hizo para arruinar la vida de Juan. Mari Carmen me preocupa, quizas pueda rehacer su vida, se nota tenia un amor autentico por Juan. Lastima su amor no lo salvo del encantamiento.

    Nos regalaste un relato magnifico, en donde nos presentas varios temas interesantes como la vida de los habitantes del faro, los paisajes, el encantamiento de Juan, la desesperacion de su mujer, etc.

    Queda mi duda si sera un historia sin secuela y sin antecedentes, porque se vuelve uno amigo de estos personajes aqui expuestos a nuestros ojos y quisiera uno saber mas de ellos

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    Respuestas
    1. Existen personas misteriosas; por algún motivo hacen de catalizador como si fueran narcotizantes sin serlo, o acaso beleñosas. Este individuo en efecto fue la espoleta para activar "algo" en el aura del protagonista de una manera inocente, circunscrita al encuentro de dos viejos amigos. Son impredecibles los resortes psíquicos que pueden actuar en nosotros. Tan exasperante resultaron las circunstancias, que siendo EL AMOR de su oíslo una fuerza mayúscula no logró nada a la postre. Lo cierto es que , al hilo de tu apreciación, aúna esta historia muchíiiiiisimas cosas: El mundo de los torreros (pues me tocó muy de cerca antaño ), la Valencia gótica y sórdida que me complace, La Naturaleza de La Sierra que frecuento con mucha asiduidad, asilvestrada, peligrosa y ....¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡ S u b l i m e !!!!!!!!!!! ; la chifladura de la que me alimento como persona y escritorcillo y un largo etcétera.
      No posee, en su fatalismo y Los Hados que echan la tela de araña de sus coordenadas sobre los personajes, secuela,; en alguna retícula espacio temporal descansa el kamarrupa del artista.
      ¡¡¡¡¡¡¡ Un Abrazo Enigmático como la historia !!!!!!!⚓

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  2. El mar suele ejercer una atracción fatal, y los faros son como los caserones espectrales de las novelas góticas. No sé si has visto la película "El faro" (The Lighthouse) con Willem Dafoe, puro Lovecraft. O mejor aún, los cuentos de William H. Hodgson, el "Lovecraft del mar", aquí publicados por Valdemar Ediciones, seguro que lo conoces.
    Abrazos!
    Borgo.

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